Aquest lloc web utilitza galetes per aportar una millor experiència de navegació i un servei més personalitzat. Si continues navegant, considerem que acceptes el seu ús. OK

El precio de querer gustar a los demás.

Una persona que se quiere encuentra la manera de llenar su interior por sí misma

Publicat el 19 de Novembre de 2014

"No sé cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar gustar a todo el mundo". Esta frase del actor estadounidense Bill Cosby describe perfectamente a la persona con baja autoestima. Siempre busca la aprobación de los otros. Quiere llenar su vacío interior con el apoyo de los demás porque no se quiere y no se valora lo suficiente. Una persona con autoestima alta se siente serena y en equilibrio y sabe tomar decisiones acertadas. 

La autoestima se construye en los primeros años de vida e incluso antes, en el vientre materno. La mujer embarazada, además de nutrir al hijo, también está conectada emocionalmente con él. Si la madre está triste, tiene un disgusto o sufre angustia y ansiedad, lo trasmite al bebé que lleva en sus entrañas.

También es muy fácil que se produzcan bloqueos emocionales en la tierna infancia –les llamamos bloqueos de raíz–. En la edad temprana es cuando el niño absorbe todas las emociones negativas (disgustos, rabia, enfados de la madre y del padre…) como una esponja, puesto que aún no es capaz de interpretarlas de manera racional. El niño ve la vida a través del prisma de la madre y el padre. Si de pequeño ve amor y cariño, lo más probable es que de adulto tenga una alta autoestima y sea fuerte emocionalmente hablando.

En cambio, si las emociones que recibe son negativas, desarrollará bloqueos que se traducirán en falta de autoestima, inseguridad y miedos. El niño siente que el mundo exterior puede hacerle daño y crea corazas. En otras palabras, interpreta papeles que no tienen nada que ver con su personalidad real –es lo que denominamos hologramas de personalidad–. La persona se expresa externamente de manera muy distinta a como se siente internamente.

 

Tipos de corazas

Las corazas son mecanismos de defensa que el niño desarrolla para protegerse de la vulnerabilidad que siente. Existen numerosas corazas, pero aquí sólo vamos a exponer algunas de las más habituales.

- El agresivo. Son niños que se enfadan, gritan, lanzan objetos y rompen cosas. En el fondo lo hacen para tapar el miedo que sienten. Aunque no se dan cuenta, su manera de pensar es: “yo te hago daño a ti para que tú no me hagas daño a mi”. Es una manera de llamar la atención –de pedir auxilio­– y los padres lo han de ver y entender así para actuar a tiempo. Si no se toman medidas, puede que este niño se de cuenta de su coraza y pula su comportamiento en la edad adulta. Sin embargo, también puede ocurrir que, de joven, se vaya reafirmando en su conducta al ver que los demás no le plantan cara. En el peor de los casos, esta persona será un verdugo de la violencia de género. Sin embargo, lo más probable es que sea un adulto con una mirada amenazadora, con un tono de voz fuerte y seco y que adopte posiciones corporales hostiles. Los demás tendrán serias dificultades para entablar una conversación de tú a tú y deberán tirar de la inteligencia emocional para relacionarse con ella.

- El introvertido. Piensa que si no le ven, no le harán nada. Por eso intenta pasar desapercibido. Suele bajar la mirada, no habla, siempre está quieto e incluso suele agarrarse a la pierna del papá o de la mamá cuando un desconocido intenta hablarle. Si de pequeño no se libera de esta coraza, lo más probable es que acabe siendo un adulto que evite las conversaciones, aunque tenga muchos conocimientos sobre la materia: le costará encontrar el momento para intervenir. En el ámbito laboral, intentará concentrarse mucho en su trabajo para tener que relacionarse lo mínimo posible. En otras palabras, se creará un mundo solitario.


- El líder. Se hace el gracioso y presume de todo. Es capaz de meterse con el profesor y se ríe de los demás compañeros de clase para quedar por encima de ellos. En el fondo también lo hace por inseguridad. Su manera de pensar es: “Si yo mando, los otros no me harán daño”. Sólo se siente protegido si desempeña el rol de líder y es arropado por su camarilla. En el mundo de la política y de la empresa, hay muchos líderes con baja autoestima, y eso explica muchos males de nuestra sociedad. Utilizan su capacidad de oratoria y de crear estrategias para movilizar a las masas. La manera de llenar su vacío interior es con la admiración y el reconocimiento de los otros. Son incapaces de llenarse por sí mismos. Eso explica que haya muchos líderes empresariales y políticos que se retiran de muy mayores y, cuando lo hacen, algunos de ellos contraen enfermedades graves, normalmente relacionadas con el sistema nervioso.


- La buena persona. De niño, hace todo lo que le mandan, se comporta bien con los hermanos, intenta sacar buenas notas y todo lo hace bien. Siempre busca el reconocimiento de los demás y que todo el mundo esté contento con aquello que él hace. “Si están contentos conmigo, no me harán nada”, piensa. Seguro que de adulto nunca tendrá un “no” para nadie.

- El simpático. De pequeño, es el payaso de la clase. Es su manera de llamar la atención. De adulto sigue desempeñando ese rol en todas las reuniones. Siempre tiene un chiste que contar y una gracia por hacer. Tiene buen rollo con todo el mundo y esa es la manera que tiene para que no le hagan daño. Lo que pasa es que el resto de personas no se lo toman en serio.

Si estos patrones de conducta son repetitivos, los padres deberán tomar cartas en el asunto. Es durante la infancia cuando es más fácil arreglarlo, ni que sea con la ayuda de profesionales. Lo que es habitual en un niño emocionalmente sano es que sea una mezcla de todos estos patrones y actúe de una manera u otra en función de las circunstancias.

 

Ha llegado el momento de cambiar

Si las corazas han pasado desapercibidas por los padres durante la niñez, llegará un momento que la persona deberá hacerse varias preguntas: ¿Qué coraza he utilizado a lo largo de mi vida? ¿Quiero seguir llevándola? ¿Qué precio tiene seguir viviendo de esta manera?

El precio que el individuo paga es la pérdida de su auténtica identidad. Está agotado de interpretar siempre el mismo papel, se siente vacío y es infeliz. Utiliza una coraza para satisfacer sus necesidades emocionales desde el exterior, pero esa no es la manera de llenar el vacío interior. Se sacrifica por los demás, esperando algo a cambio. Ellos no le devuelven nada, porque no le han pedido ningún favor y porque tampoco son conscientes de tal sacrificio. Eso genera frustración. Si de adulto el individuo sigue haciéndose el simpático, nadie le toma en serio; si va de agresivo, nadie le quiere; si va de invisible, nadie se le acerca; etc.

El adulto con baja autoestima no tiene una visión clara de hacia dónde debe caminar y toma decisiones incorrectas. En el ámbito profesional, por citar un ejemplo, siempre está dudando y lo repasa todo una y otra vez. Aún así no estará seguro de su buen trabajo. Es entonces cuando busca a alguien que revise lo que ha hecho y le diga que está bien. Sólo así queda convencido de su buen trabajo. Una persona con la autoestima baja tiene pánico a quedarse un día sola en casa. Rápidamente pondrá el televisor para que le llene y no tener que enfrentarse a nada, o quizás llamará a alguien para quedar y evitar el diálogo interior con ella misma.

Si la persona se da cuenta del precio que está pagando por sus corazas, tendrá que cambiar su manera de actuar. En algunos casos, puede ser que sea necesaria la ayuda de un profesional. Ahora bien, si el individuo ha experimentado un bloqueo de raíz en su niñez, siempre será necesario erradicar ese bloqueo.

 

Mejor quererse

Una persona que se quiere encuentra la manera de llenar su interior por sí misma: un momento para contemplar la naturaleza, un saludo sincero de buenos días con algún amigo, una mirada de complicidad en el trabajo… Si tiene la oportunidad de quedarse solo en casa, lo aprovechará para escuchar su música preferida, para escribir o para realizar cualquier otra actividad que le llene. Es una persona independiente, no necesita la aprobación de los demás y destaca por su determinación. Se siente segura, toma decisiones rápidas y apenas comente errores.

Tiene claro quién es y cómo se siente. Por eso sabe decir “no” cuando es necesario y sabe intuir y atraer lo que le conviene y le hace sentir bien. Tiene pensamientos creativos: utiliza las visualizaciones para atraer aquello que necesita y, por el principio de sincronización, hace que todo se le ponga de cara para conseguir aquello que ansía. Está llena de amor y en equilibrio y se siente serena y en paz.

Por supuesto que una persona con una buena autoestima también pasa momentos de miedo y de inseguridad. ¡La vida nos golpea y nos pone a prueba a todos! Cuando estos momentos llegan, no significa que la autoestima haya desaparecido: el amor hacia uno mismo es incondicional. La autoestima te hace ver tus errores y defectos y responsabilizarte de ellos en lugar de echar la culpa a los demás.

Vivir sin bloqueos emocionales tiene como recompensa estar conectado con uno mismo y saber discernir qué es lo que a uno le conviene y lo que no; reconocer lo que a uno le hace feliz y salir a buscarlo. Si el individuo está interpretando un papel que no es el suyo, la coraza no le deja ver qué es aquello que le haría realmente feliz y, además, las oportunidades pasan de largo.

Hay gente que pasa todo un año esperando una semana de vacaciones. Depositan toda la ilusión en aquella semana. Después acaban decepcionados porque las vacaciones les han sabido a poco. Cuando la persona está conectada con su esencia, vibra en cada momento de su vida, se siente valiente, tiene ideales y es capaz de reinventarse. Quererse consiste en ser egoísta y exprimir al máximo cada momento de la vida.  

 

Caso práctico: El jefe déspota

Al preparar este artículo, se me ha pedido que exponga un caso práctico. Se me ha ocurrido el del director general en España de una gran multinacional europea. Era un tipo calvo, bajito y delgado. Con tan sólo 32 años había conseguido ese cargo y era la persona más joven de la compañía que había alcanzado tal responsabilidad. Era agresivo y déspota, tenía una mirada dura y generaba mal rollo entre sus subordinados, que le temían. Sólo pensaba en el dinero y en facturar y eso le llevó pronto a ser la máxima autoridad de la multinacional en nuestro país. Seguro que sus empleados le consideraban una mala persona.

Lo cierto es que sufría mucho internamente: apenas dormía, padecía de piedras en el riñón y tenía una depresión encubierta para la cual se automedicaba. Era una persona desmotivada y nada le hacía ilusión. Ni siquiera tenía sentimientos: no quería casarse. Al someterse a la terapia, nos dimos cuenta que todo había surgido a partir de un problema de autoestima en su infancia. En el cole, todos los compañeros se metían con él por su aspecto físico. Incluso le habían llegado a pegar. Nadie se juntaba con él.

Su cambio después de la terapia fue radical. La compañía que dirigía también cambió por completo a nivel humano: se pusieron en marcha guarderías en las fábricas –donde se empleaba a muchas mujeres– y se crearon canales de comunicación para que los trabajadores expusieran sus propuestas para la mejora de la empresa, etc. Hoy, ese director general trabaja en el extranjero y sí es merecedor del cargo que ostenta. Es una persona normal, de lo más sencilla, y es fácil entablar una conversación de tú a tú con él.

 

Autora del artículo: Griselda Vidiella

Directora del Centre FAC, naturópata, psicóloga evolutiva y experta en medicina holística