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La pandemia de la soledad

Toda solución pasa por una terapia para eliminar los bloqueos emocionales y energéticos acumulados y para desprenderse de las corazas que impiden llegar a las otras personas

Publicat el 06 de Novembre de 2014

La soledad es una pandemia moderna que avanza silenciosamente. Parece que tenemos muchos amigos pero, en realidad, apenas son conocidos. La persona se da cuenta de que está sola cuando no sabe con quién compartir sus emociones, sus tristezas, y cae en estados de ansiedad y angustia, y en depresiones. Lo deseable es convertir esa alarma en un punto de inflexión y tomar conciencia de que caminar hacia donde la inercia social nos dirige a menudo nos hace infelices. 

La pandemia de la soledad es un fenómeno que empezó hace medio siglo aproximadamente y que va cada vez a más. Se explica por diferentes motivos: núcleos familiares inestables, puestos de trabajo efímeros, ambiciones profesionales, progresiva urbanización de la sociedad… Tiempo atrás, los trabajos eran más perdurables, como también lo eran las familias (la ley del divorcio española data de 1981). Aquel escenario daba más seguridad emocional a las personas.  

 

Causas de la pandemia de la soledad

La peor soledad del mundo es estar rodeado de mucha gente. Pasa en las grandes empresas, que se caracterizan por tener una estructura jerarquizada. En todo momento da la sensación de que hay alguien espiando y nadie se atreve a hacer ningún comentario por miedo a que sea mal interpretado. Los profesionales que allí trabajan están cubiertos de corazas. Sólo hablan de trabajo y evitan dar su opinión para que no sea utilizada en su contra. Los cargos intermedios y los directivos son carne de cañón: las mejores víctimas de la soledad. Siempre están acompañados y parece que tienen muchos amigos, pero realmente ni se conocen. La presión es tanta que van al gimnasio a descargar adrenalina o buscan otras actividades a las que siempre van acompañados. ¿Pero qué pasa cuando se alejan de esta rutina, cambian de trabajo, se quedan en el paro o se separan? ¿A cuántos de los supuestos amigos pueden recurrir?

La misma incomunicación de las empresas ocurre en las ciudades. En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce (incluso demasiado, dirán las malas lenguas) y todos forman una gran familia. Los vecinos tienen con quién compartir sus sentimientos y, además, están rodeados de naturaleza, que sirve para recargar pilas.

El hecho de no expresar los sentimientos es un hábito nocivo al que acostumbran a caer muchas parejas. En un matrimonio que funciona, los cónyuges suelen explicarse cómo ha ido el día nada más llegar a casa. Expresan sus emociones, hablan desde su interior y tienen en cuenta todo aquello que los une.

 

Roles que alejan a los demás

Ya sabemos que la falta de diálogo es el primer paso para la futura ruptura de una pareja. Es igualmente peligroso hablar desde el orgullo, desde el egoísmo. Cuando el ego entra dentro de la relación, la pareja se distancia.

Otro comportamiento que provoca soledad es el de aquellos individuos que adoptan la postura de víctima. Suelen estar en todas las conversaciones negativas, todo les parece mal, continuamente andan quejándose y consideran que la culpa es siempre del otro. Son vampiros que descargan toda su energía negativa en el primero que ven pasar y que chupan la energía de los demás. Las otras personas acaban agotadas y se alejarán de él en otra ocasión.

También es habitual el rol del prepotente. Ni él mismo es consciente de quién es y de cuáles son sus necesidades emocionales. Tiene problemas de autoestima, de ansiedad y de miedo, y quizás por esta inseguridad finge estar bien. Para suplir sus carencias, adopta un papel de liderazgo que, a menudo, acaba por convertirse en prepotencia. Tanto es así que los demás acaban sin querer saber nada de él. Es otro ejemplo de cómo las personas se van quedando solas paulatinamente y sin darse cuenta. Y todo porque están desconectadas de su interior.

 

Darse cuenta

La persona se da cuenta que está sola cuando sale de su rutina habitual: al separarse de su pareja o perder el empleo, por citar dos ejemplos. No sabe a quién recurrir. Llama a sus teóricos amigos, pero no le hacen caso porque ellos siguen en la dinámica de siempre, llevados por la inercia que impera en la sociedad. La persona entra en estados depresivos porque se siente sola y porque toma conciencia de que hasta ahora ha querido llenar su vacío interior con cosas materiales: una casa, un gran coche…

El individuo ve que no es feliz, que todo lo material no le lleva a ninguna parte. Se da cuenta de que tiene que desprenderse de lo que la sociedad le ha enseñado, encontrarse consigo mismo y preguntarse qué le falta a su vida. Pero la gente no encuentra respuestas porque el sistema nervioso está alterado y la mente ni siquiera puede parar a los pensamientos negativos o circulares, y por ello no puede conectar con su interior.

 

Sólo hay una solución

Toda solución pasa por una terapia para eliminar los bloqueos emocionales y energéticos acumulados y para desprenderse de las corazas que impiden llegar a las otras personas. Al tomar este camino, poco a poco, el individuo vuelve a conectar consigo mismo. Es habitual sentirse tonto, enfadarse con uno mismo y maldecir la vida llevada hasta ahora. Pasada esa fase, la persona reconecta con su esencia, con lo que realmente le gusta y con lo que disfrutaba de pequeño. Cuando el sistema nervioso se pone a tono y el individuo vuelve a su esencia, es más fácil encontrar personas con las mismas afinidades y, por lo tanto, amistades duraderas. La receta es liberarse de los bloqueos que nos alejan de nuestra naturaleza real y volver a ser uno mismo. Si la persona cambia y conecta con su esencia, todo cambia a su alrededor de forma positiva.

 

Tres situaciones a las que no deberías llegar

Para ilustrar el fenómeno de la soledad, voy a recurrir a tres ejemplos de lo que no debería ocurrir nunca, aunque lamentablemente siguen habiendo casos.

- El primero de ellos es la soledad dentro de la pareja. Es más habitual de lo que parece que haya parejas que viven a través de los hijos y se olvidan de ellos mismos. El hombre se centra en el trabajo y en llevar dinero a casa. La mujer se encarga de los hijos y de las tareas domésticas. Pero cuando los hijos se van, la pareja no sabe de qué hablar. Duermen juntos, pero son unos desconocidos. En el hombre, la situación se agrava cuando se jubila; y en la mujer, cuando los hijos se emancipan. Entonces la persona se da cuenta que se ha centrado tanto en su rol que se ha distanciado de ella misma, de su esencia. Todos sus proyectos e ilusiones quedaron olvidados hace años cuando, sin querer, el individuo se abandonó a sí mismo para centrarse en sus obligaciones.

- Un segundo caso paradigmático es el del director general de una multinacional con una amplia plantilla de empleados. De unos 50 años, es un hombre bien plantado, amable y con don de gentes. Su apariencia es perfecta, pero aunque nadie lo diría interiormente está destrozado. Apenas tiene ilusión ni le queda energía para vivir. De hecho, ha sufrido un desmayo con una parada cardíaca y respiratoria y ha estado a punto de perder la vida. Su mundo interior es un lío. No tiene relación con sus subordinados. Con sus superiores, de Estados Unidos, finge ser la cara del éxito en España. Tampoco puede hablar con los amigos del golf, con los que tiene que aparentar que todo le va bien. Separado desde hace muchos años, tiene poca relación con sus hijos. Ahora está casado con una mujer mucho más joven que él. Las conversaciones con ella suelen ser superficiales y no puede mostrarle sus debilidades, dada la importancia que ella le da a su status social. Finalmente el hombre se lo combina para poder ir una vez al mes al pueblo de su abuelo. Allí puede sentarse con los vecinos del pueblo y hablar sin tener que aparentar nada y sin que importe su status. Aunque los temas de conversación tengan que ver con el campo, para él, son los únicos momentos auténticos en su vida.

- Un último ejemplo es el de un adolescente con acné en todo el cuerpo. Estaba acomplejado por este trastorno y, a los 16 años, dejó de practicar el futbol y el baloncesto. Cambió estas actividades por otras que no implicaran tenerse que desnudar. Así acudió a cursos de informática y aprendió a programar videojuegos. De los 16 a los 23 años, no tuvo amigos ni novias. Solamente iba a clase (se formó como programador informático) y por las noches jugaba hasta la 4 de la madrugada con videojuegos. De tanto sobreestimular la mente, acabó con problemas de vértigo. No podía salir de casa, porque todo a su alrededor le daba vueltas. Gracias a la terapia, hoy en día, cuando ya hace tiempo que no tiene ningún grano, ha reconectado con aquello que dejó a los 16 años: vuelve a jugar a futbol y a baloncesto.

 

Autora del artículo: Griselda Vidiella

Directora del Centro FAC, naturópata, psicóloga evolutiva y experta en medicina holística.