Tres aspectos que nos alejan de nuestra Esencia

Ser o Estar, he aquí la gran diferencia.

“Ser” es la opción que te mantiene anclado en tu eje, es el estado desde el cual puedes actuar como realmente eres. “Ser” es sinónimo de libertad, de coherencia contigo mismo. Si “eres”, gozas de claridad mental y tus emociones son estables. Al “ser”, te quieres y quererte se traduce en reconocer lo que te perjudica para saber decir “no” y atraer a tu vida aquello que te aporta felicidad.

Sin embargo, si vives desde el “estar” es imposible que puedas “ser”. Si actúas desde el “estar”, condicionas tu vida en base a lo que sucede a tu alrededor. Te integras en un sistema que te coarta de libertad y te despersonaliza de aquél quien realmente eres. Si “estás”, eres esclavo de tu mente y no dispones de habilidades emocionales para hacer frente a los imprevistos que suceden en tu vida, de manera que cada contratiempo implica que tu mundo se derrumbe.

Esta dicotomía entre el “ser” y el “estar”, planteada por la directora del centro terapéutico FAC, Griselda Vidiella, en su libro “Un nuevo despertar”, nos sirve para ilustrar cómo, a pesar de que el sistema en el que vivimos empieza a mostrar esperanzadoras flaquezas y aires de cambio, hay muchos factores que nos han impulsado hasta el momento a vivir desde el “estar” alejándonos así del “ser”. En este artículo nos centraremos en tres de estos factores:

1. La educación basada exclusivamente en el aprendizaje académico.

2. El modelo de sociedad capitalista.

3. El auge del comparativismo como consecuencia del acceso global a la información.

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1. Un sistema educativo basado en la inteligencia académica


Afortunadamente, el sistema educativo está empezando a incorporar como aprendizaje básico la gestión de las emociones pero, hasta hace bien poco, la educación sólo contemplaba la enseñanza de conocimientos estrictamente académicos, dejando completamente de lado lo que llamamos “inteligencia emocional”. Este concepto fue popularizado en 1995 por el psicólogo estadounidense Daniel Goleman, quien incide en el gran poder que las emociones tienen sobre lo que somos, lo que hacemos y sobre cómo nos relacionamos.

Según Goleman, las emociones son poderosas y dominarlas se traduce en inteligencia emocional. En este sentido, expone: “Las personas con habilidades emocionales bien desarrolladas son más proclives a ser efectivas en su vida, pues dominan los hábitos de su mente que fomentan su propia productividad. Las personas que no pueden controlar su vida emocional mantienen luchas internas que sabotean su capacidad de trabajar con atención y una mente limpia”. Y añade: “La inteligencia académica no ofrece la menor preparación para la multitud de dificultades -o de oportunidades- a la que deberemos enfrentarnos a lo largo de nuestra vida” y “la infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas”.

“Las personas con habilidades emocionales bien desarrolladas son más proclives a ser efectivas en su vida”

– Daniel Goleman- 

De hecho, la misma ciencia está corroborando que la gestión de las emociones debe incluso preceder a la enseñanza de contenidos académicos ya que los niños se juegan con ello su vida de adultos. Así pues, sin una inteligencia emocional trabajada ya desde pequeños, es fácil caer en el modo “estar” mostrándonos y actuando alejados de quienes somos realmente. Por suerte, como decíamos, cada vez son más las escuelas que optan por incorporar definitivamente el aprendizaje social y emocional en las clases para así ir cultivando desde los primeros años una buena gestión de las emociones. Y es que, tal y como afirma la filósofa Elsa Punset, “sólo florecemos si nuestras necesidades emocionales están atendidas”.

 

» Para gestionar las emociones es necesario saber identificarlas. Para ello, es importante que los más pequeños aprendan cuáles son las emociones básicas y que empaticen con ellas. Tenemos muchos libros infantiles que pueden ayudarnos en esta tarea (p. ej. “El emocionario”, de C. Nuñez y R. Romero, o “El monstruo de los colores”, de A. Llenas.

» Podemos practicar con los niños ejercicios de yoga, de relajación o de meditación que nos permitan tomar conciencia de cómo estamos, de cómo nos sentimos, y, a la vez, aprender a mantener la mente libre de pensamientos negativos.

» Es positivo crear un entorno de confianza para que los niños puedan expresar sus emociones. Para ello, es importante permitir que el niño manifieste sus emociones, un hecho que no está para nada reñido con la necesidad de poner límites.

2. Un sistema económico regido por intercambios comerciales


Este sistema educativo basado en la inteligencia académica trae consigo un mensaje subliminal: “Si no estudias, no podrás evolucionar profesionalmente ni formar parte de la élite social”. Así pues, los valores predominantes de nuestra sociedad se han construido sobre la base del materialismo y las posesiones, pilares del sistema capitalista.

Jeremy Rifkin, sociólogo y economista que investiga el impacto de los cambios científicos y tecnológicos en la economía, la fuerza de trabajo, la sociedad y el medio ambiente, apunta en su libro La sociedad de coste marginal cero, que la razón de ser del capitalismo es llevar cada aspecto de la vida humana al ámbito económico para transformarlo en una mercancía que se intercambie en el mercado como una propiedad. De este modo, Rifkin ratifica: “Pocos aspectos de la vida humana se han liberado de esta transformación ya que los alimentos que comemos, el agua que bebemos, los artefactos que creamos y usamos, las relaciones sociales en las que participamos, las ideas que alumbramos, el tiempo que gastamos e incluso el ADN que determina gran parte de quienes somos han acabado en manos del capitalismo, que los ha reorganizado y les ha puesto precio para introducirse en el mercado”. Es por ello que Rifkin afirma que “el mercado nos define”.

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El sistema capitalista nos empuja a vivir hacia afuera y no incentiva en absoluto la introspección ni la inteligencia emocional de la que antes hacíamos referencia. Fijémonos en la rutina que siguen buena parte de las personas que forman parte de las sociedades capitalistas: trabajan la mayor parte del tiempo; cuando llegan a casa, dicen que “desconectan” conectándose a otros elementos externos (televisión, móvil, tablet, etc.); y, cuando se sienten decaídas, necesitan llenar ese vacío con objetos materiales que les empuja a seguir consumiendo. Si bien es cierto que cada vez son más las brechas que cuestionan el modelo capitalista, este sistema ha gozado hasta el momento de una hegemonía en el que, si no seguías sus reglas, quedabas excluido del mismo, empujándote a vivir así desde el “estar”.

Ahora bien, parece que este escenario empieza a cambiar y comienzan a vislumbrarse señales de nuevos modelos económicos emergentes. De hecho, Rifkin predice que, en esta primera mitad del siglo XXI, el capitalismo irá reduciendo su peso, cediendo protagonismo a un nuevo paradigma -que ya ha empezado a sentirse- basado en la economía colaborativa que denomina “procomún colaborativo”. En este sentido, Rifkin apunta: “Los mercados van cediendo terreno ante las redes, la propiedad pierde importancia frente al acceso, el interés personal se amplía hasta abarcar el interés común, y el sueño de vivir en la riqueza está siendo reemplazado por el sueño de una calidad de vida sostenible”. Asimismo, Rifkin sostiene: “La democratización de la innovación y la creatividad en el incipiente procomún colaborativo está generando una clase nueva de aliciente que se basa más en el deseo de fomentar el bienestar social de la humanidad que en la expectativa de una recompensa económica”.

Rifkin predice que, en esta primera mitad del siglo XXI, el capitalismo irá reduciendo su peso, cediendo protagonismo a un nuevo paradigma basado en la economía colaborativa que denomina “procomún colaborativo”

 

» Si queremos huir del materialismo, podemos empezar por cambiar aquello en lo que dedicamos nuestro tiempo libre. Una buena opción es pasar más tiempo en contacto con la naturaleza, un hecho que nos invita a disfrutar de las cosas sencillas, a desapegarnos de los objetos materiales, y a cargarnos de energía positiva.

» Podemos entrar a formar parte de un banco de tiempo, una iniciativa que fomenta el cooperativismo y la ayuda mutua entre un grupo de personas que se intercambia habilidades sin utilizar dinero.

» Formar parte de proyectos o iniciativas que persiguen el bien común también es una buena forma de cambiar el modelo establecido. Así, podemos participar, por ejemplo, en acciones que contribuyan a mejorar el medio ambiente.

3. Una sociedad movida por el comparativismo


El modelo capitalista nos ha empujado a compararnos continuamente con los demás hasta generar lo que los expertos han bautizado con el nombre de “síndrome de la insignificancia”. Tal y como afirma Elsa Punset, el ser humano es competitivo y envidioso por naturaleza pero, cuando el acceso a la información era mucho más limitado debido a la falta de nuevas tecnologías, este factor comparativo se producía solamente en un entorno cercano, es decir, sólo podíamos compararnos con las personas que teníamos a nuestro alrededor, con nuestra tribu por así decirlo.

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El desarrollo de la tecnología, y especialmente el uso de las redes sociales, ha permitido que tengamos acceso a la vida de muchas personas y que cualquiera pueda comparase incluso con las personalidades más influentes del mundo. Así pues, el número de personas con las que compararnos ha crecido exponencialmente y ello está teniendo unas repercusiones importantes para nuestra salud emocional.

En este sentido, Elsa Punset afirma que el miedo a la insignificancia es una de las epidemias modernas ya que saber que nunca seremos lo que admiramos nos hace sentir mal y añade: “Nuestra autoestima murió con Instagram y el resto de las redes sociales que se basan en conseguir la mayor cantidad de likes y otros símbolos de aprobación inmediata”. En esta línea, el psicólogo Carlo Strenger, de la Universidad de Tel Aviv, publicó un libro con motivo de su investigación “El miedo a la insignificancia: buscando el sentido en el siglo XXI”, en el que describe la insatisfacción y el miedo que sienten muchas personas que no consiguen aquello que anhelan.

Este factor comparativo magnificado por el acceso global a la información también puede traducirse en un freno a la hora de impulsar nuestros proyectos ya que, a pesar de tener buenas ideas, podemos compararnos con un amplio número de personas que quizás ya hayan desarrollado acciones que estén cubriendo nuestras ambiciones, y esto nos genera frustración porque nos vemos obligados a resignarnos sin poder contemplar la opción de cambio.

“El miedo a la insignificancia es una de las epidemias modernas ya que saber que nunca seremos lo que admiramos nos hace sentir mal”

– Elsa Punset- 

Esta falta de autoestima y este sentimiento de frustración fruto de las múltiples comparaciones a las que nos sometemos diariamente nos anclan en el “estar” alejándonos una vez más del “ser”, de quienes somos realmente, ya que no vivimos conforme a nuestra escala de valores sino que basamos nuestro éxito respecto al éxito ajeno, provocándonos esto una notable ansiedad.

 

» Es importante valorarnos por lo que somos y no por lo que no tenemos. Trabajar nuestra autoestima y la seguridad en nosotros mismos es clave para que no nos dejemos llevar por el “síndrome de la insignificancia” al cual hacíamos referencia.

» En este sentido, es importante reducir el tiempo que pasamos conectados a las distintas redes sociales ya que el abuso de su consumo puede ir mermando paulatinamente nuestra autoestima.

» Dejémonos guiar por nuestra intuición. Si creemos en un proyecto y estamos convencidos de llevarlo a cabo, no dejemos que nos influya lo que otras personas hayan hecho o hayan dejado de hacer. Cree en ti.

Hacia un reencuentro con nosotros mismos


A pesar de que, como comentábamos al inicio del artículo, existen muchos factores que nos han impulsado hasta el momento a vivir desde el “estar”, empiezan a aparecer nuevos inputs que invitan a la transformación, tal y como hemos visto con la introducción de la gestión de las emociones en las escuelas o el sistema de procomún colaborativo que pronostica Rifkin.

Pero, además, a nivel personal, es importante tomar conciencia de que todos nosotros tenemos la opción de elegir si queremos seguir “estando” o si, por el contrario, queremos empezar a vivir desde el “ser”, dejando atrás los aprendizajes, roles y patrones que hemos adquirido y reproducido de forma automática.

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Sin embargo, para poder “ser”, necesitamos conectar con quienes somos realmente y, aunque a simple vista no lo parezca, este proceso de cambio no siempre es fácil porque a menudo presentamos bloqueos energéticos que precisamente nos impiden poder “ser”. ¿Qué queremos decir con esto?

> Todos pasamos a lo largo de la vida por experiencias que pueden generarnos emociones negativas. Estas emociones negativas no sólo son fruto de situaciones traumáticas, como podría ser la muerte de un ser querido o un accidente de tráfico, por ejemplo, sino también de situaciones de nuestro día a día que no nos permiten gozar de una vida plena, como podría ser tener una relación sentimental que no nos llena, trabajar en algo que no nos gusta, sentir que no estamos viviendo la vida que nos gustaría, vivir en una ciudad en la que no nos encontramos cómodos, etc.

Teniendo en cuenta que, como hemos visto, no hemos sido educados en la gestión de las emociones, y habiendo visto también que hay otros factores que nos impulsan a actuar desde el “estar” (como, por ejemplo, la hegemonía del sistema capitalista o el auge del comparativismo), es probable que no siempre seamos capaces de gestionar emocionalmente estas experiencias o situaciones de las que hablábamos, favoreciendo así que se creen bloqueos energéticos.

Estos bloqueos nos alejan precisamente de nuestro “ser”, es decir, de nuestro estado original, y ello puede provocar que nos sintamos inseguros y con una baja autoestima; que empecemos a presentar algunos síntomas que nos alertan de que hay algo en nosotros que no acaba de marchar bien (tristeza, dificultades para conciliar el sueño, fatiga, nerviosismo, presión en el pecho, falta de concentración, etc.); e incluso puede que desarrollemos trastornos físicos y/o emocionales como ansiedad, depresión, problemas de fertilidad, falta de concentración -traducida muchas veces en TDAH sobre todo en las primeras etapas de la vida- dolores musculares, problemas digestivos, migrañas, etc.

Cuando conseguimos liberarnos de estos bloqueos que nos han mantenido anclados en el “estar”, podemos hacer el gran salto y empezar finalmente a vivir desde el “ser”, pudiendo actuar nuevamente siendo nosotros mismos, recuperando la fuerza y energía necesarias para hacer frente a las situaciones que hasta ahora nos bloqueaban, y retomando definitivamente las riendas de nuestra vida.

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