¿Cómo interfieren la autoestima y la seguridad en nuestra personalidad?

Decía el psicólogo humanista Carl Rogers: “La paradoja curiosa es que cuando me acepto como soy, entonces puedo cambiar”. Esta frase nos sirve de premisa para empezar a desarrollar la idea de que, efectivamente, sólo cuando gozamos de una buena autoestima y de seguridad en nosotros mismos, adquirimos la fuerza y energía necesarias para promover aquellos cambios que serán beneficiosos para nuestra vida.

Dicho esto, empecemos por el principio. La seguridad en uno mismo y la autoestima son clave para que podamos actuar siendo nosotros mismos, sin dejarnos influenciar por agentes o condicionantes externos que puedan distorsionar nuestra capacidad de decisión. Cuando confiamos en nosotros mismos, los miedos desaparecen, y conseguimos mantenernos anclados en nuestro eje pudiendo mostrarnos ante los demás tal y como somos. Asimismo, una autoestima alta nos permite atraer a nuestra vida aquello que nos aporta inputs positivos y, a su vez, alejar de nosotros todo aquello que pueda perjudicarnos.

Para que este anclaje con nuestra Esencia tenga buenos fundamentos es muy importante prestar atención a los primeros años de nuestra vida ya que la autoestima y la seguridad en uno mismo se forjan precisamente durante la infancia y la adolescencia. ¿De qué manera? Sabiendo gestionar emocionalmente las situaciones que vivimos durante estas etapas.

Hemos insistido en anteriores artículos sobre el aspecto fundamental que supone para nuestra salud emocional el aprendizaje de la gestión de las emociones desde bien pequeños. Y la importancia de inculcar este aprendizaje radica precisamente en la tesis sostenida en este artículo: el hecho de no saber gestionar emocionalmente aquello que nos ocurre de forma cotidiana o puntual en nuestra infancia y adolescencia puede mermar nuestra seguridad y autoestima, y afectar así el desarrollo de nuestra personalidad. Dicho de otra forma, si durante los primeros años de nuestra vida nuestras necesidades emocionales no han sido atendidas, es probable que nos bloqueemos y vayamos alejándonos paulatinamente de quienes somos realmente a medida que vayamos convirtiéndonos en adultos.

El hecho de no saber gestionar emocionalmente aquello que nos ocurre de forma cotidiana o puntual en nuestra infancia y adolescencia puede mermar nuestra seguridad y autoestima, y afectar así el desarrollo de nuestra personalidad.

Una de las manifestaciones de esta idea la encontramos en las investigaciones del psicólogo y director del “Institute for the Study of Children, Families & Social Issues”, de la Universidad de Londres, Jay Belsky, las cuales reflejan como una crianza sin cariño y con una gestión deficiente de las emociones puede desembocar en adultos con vidas más problemáticas.

Teniendo en cuenta que, tal y como dijo el filósofo Aristóteles, “el hombre es un ser social por naturaleza”, nos vemos obligados a cubrir estas deficiencias emocionales -derivadas de una autoestima y seguridad afectadas- con mecanismos que nos permitan relacionarnos con los demás. Es decir, con el fin de poder seguir conviviendo en sociedad, camuflamos esta parte más vulnerable de nosotros mismos y nos creamos corazas protectoras o falsas personalidades mediante las cuales mostrarnos ante los demás. De este modo, a pesar de que interiormente nos sintamos inseguros y estemos faltos de autoestima, nos “disfrazamos” con otras personalidades para interactuar con nuestro entorno.

Existen muchas corazas protectoras. La directora del Centro FAC, Griselda Vidiella, destaca algunas de ellas en el libro “Un nuevo despertar”:

EL LÍDER

Con esta coraza, la persona busca la admiración de los demás para sentirse mejor autovalorada. Sólo se siente protegida si desempeña el rol de líder y es arropada por su grupo pues su razonamiento se basa en la siguiente creencia: “Si yo mando, los otros no me harán daño”.

EL AGRESIVO

No hay que confundir al líder con el agresivo. En este caso, su pensamiento se enfoca de la siguiente manera: “Yo te hago daño a ti para que tu no me hagas daño a mí”. Es por ello que estas personas se “disfrazan” bajo una careta de mirada amenazadora, con un tono de voz fuerte y seco, y con posiciones corporales hostiles.

EL BUENO

Otra coraza tiene forma de buena persona. En este caso, la buena persona hace todo lo que le mandan, nunca tiene un “no” por respuesta, y busca que todo el mundo esté contento con aquello que hace ya que su pensamiento se basa en: “Si están contentos conmigo, no me harán nada”.

EL INTROVERTIDO

Por otro lado, encontramos la persona que actúa con la coraza del “introvertido”, la cual cree que, si no la ven, no le harán daño. Es por eso que intenta pasar desapercibida y evitar las relaciones personales.

EL SIMPÁTICO

La simpatía también puede actuar como “disfraz”. En estos casos, la persona se muestra siempre simpática y tiene buena relación con todo su entorno, que es el mecanismo que desarrolla para que no le hagan daño.

Lo habitual es que seamos una mezcla de todos estos patrones y actuemos de una forma u otra en función de las circunstancias. El problema radica en cuando alguno de estos patrones se acentúa y se produce de forma repetitiva ya que, en estos casos, podría estar ocultando alguna flaqueza emocional latente.

Así pues, y recuperando el hilo inicial del artículo, es muy importante inculcar una educación emocional y social durante la infancia y adolescencia para así fortalecer los instrumentos que tenemos a nuestro alcance –autoestima y seguridad en nosotros mismos- que nos permitirán estar conectados con quienes somos realmente y, consiguientemente, favorecer que de adultos desarrollemos una salud emocional sin o con menos flaquezas.

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